Friday, July 17, 2009

UNA CASA CON UN ARBOL ADENTRO (2)

Entonces se sintió más la necesidad de hablar a medida que pasaba el tiempo, ese error, ese horror que somos. El silencio y la fría impiedad me enseñaron cuánto daño hacemos, nos hacemos, pues bien ahora hablo desde el recuerdo, ni siquiera se, que fui o que soy, lo único que queda de mi es lo que mora en algún lugar de la memoria, y en la muerte lenta de una calle primero y de una ciudad luego que paso el progreso con sus trompetas y se instauro el ruido y el aire se volvió tos y quejidos y entrevistas luces entre los cerros ahogados por el humo. El Cedro rosado de mi infancia murió de pie, en su interior habitamos dos generaciones y la casa a su alrededor fue tan solo una cerca de ladrillos que no podían ocultar su majestuosa presencia. Por más que luchamos contra los agentes ambientales del orden y los comités de vecinos contra sus hojas, no pudimos. Fuimos conminados por ensuciar canales, por hacer ruido con las ramas que agitaba el viento, por tapar las cañerías con las hojas que caían en danzas sin fin cada febrero cuando se cumplía la estación y la fértil distribución de sus semillas en complicidad con su amante el viento. Llegaron por épocas unos señores uniformados de verde con sendos papeles del gobierno y aperos de tala, enormes hachas y moto sierras, rudos, expertos taladores de las montañas cercanas; en sus rostros se podrían leer como en un mapa las muertes causadas, toda una flora había perecido en sus enormes manos. Los detuvimos incontables veces, nos asociamos con las temerosas agencias de protección ambiental ya diezmadas por los asesinatos selectivos que se cometían contra sus activistas, pasamos a la clandestinidad y nos internamos entre sus ramas, y conocimos de verdad los secretos de esta especie y supimos porque fueron condenados a muerte.

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